"Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino para decidir su propio camino. Y es precisamente esta libertad interior la que nadie nos puede arrebatar, la que confiere a la existencia una intención y un sentido"



Viktor Frankl,

Superviviente de los campos de concentración nazis y creador de la Logoterapia









sábado, 25 de abril de 2015

TAN SÓLO UNA JARRA DE VINO

Érase una vez un rey cuyo reino se llamaba Uvilandia.. Era un reino próspero, donde habitaban quince mil familias nada menos, y todas ellas, sin excepción, vivían del fruto de sus viñedos. Estos daban un vino de una excelente calidad que se exportaba a otros países, lo que proporcionaba unos buenos ingresos a los habitantes del país, y les permitía pagar los impuestos que el monarca reclamaba para hacer de Uvilandia un buen sitio para vivir.


El monarca, justo y comprensivo, pensó después de varios años de prosperidad, que podía realmente rebajar los impuestos para que los habitantes del reino pudieran disfrutar de la mayor parte de su dinero. Así, dispuso que cada familia del país tan sólo tendrían que aportan al estado un litro de su mejor vino, de manera que se juntarían en una gran garrafa quince mil litros de un vino de gran calidad, cuya venta proporcionaría los ingresos suficientes para los gastos del monarca, y de los demás servicios públicos.

La idea fue acogida con gran entusiasmo por los súbditos, contentos por la rebaja de impuestos, y alardeaban de ser, cada uno de ellos, quienes proporcionarían el mejor vino para el enorme tonel.

Pero e aquí, que llegado el gran día, y después de derramarse los quince mil litros de vino en el gran tonel,, llegó el momento de probar el vino, que se suponía de gran calidad. El rey se dispuso a saborear tan delicioso caldo, pero cuando llevó el líquido a la boca, no dio crédito a lo que estaba sintiendo Aquello no parecía vino, ni bueno, ni malo, sino que parecía simplemente agua. ¿que había pasado? se preguntó, que extraña magia era aquella?. Enseguida mandó llamar a los sabios de su consejo, y les preguntó que extraña reacción era aquella, que había convertido, al mezclarse, los más deliciosos vinos en agua, pura agua.
Pero entonces, el sabió mas anciano se adelanto de entre todos ellos y de forma serena le explicó al rey:

Ninguna extraña reacción, ni ningún maravilloso prodigio, mi señor. Sólamente nos encontramos, una vez más, ante un ejemplo de la mezquindad de las personas de este y otros reinos. Un litro tan sólo habías pedido, mi señor, de su mejor vino a sus súbiditos para pagar los impuestos, pero aunque en público daban muestras de alegría y de aprobación, en secreto aún pensaban en la manera de ahorrarse tal pago. Y entonces cada uno de tus súbidtos ha pensado, entre quince mil litros de vino, uno de agua no se notará, pero lo que esperaba  ninguno de ellos era que ...



...todos hubieran pensado lo mismo



"Sé  tú el cambio que quieres para el mundo "
Mahatma Gandhi

No creo que haya habido una sola semana en estos últimos años de terrible crisis económica que no me haya acordado de este revelador cuento que Jorge Bucay nos contaba en su espléndido "Déjame que te cuente". Y me acordaba cada vez que oía (muy a menudo, por cierto) a cualquiera de mis indignados conciudadanos maldecir a los políticos, banqueros, especuladores y todos aquellos corruptos sin escrúpulos que nos habían llevado a tal situación. Pero me acordaba porque poco antes de empezar esta época oscura de la historia española,  veía a aquellos  que maldecían a los especuladores que dominan los mercados financieros, tratando de hacerse ricos comprando pisos que vendían antes de escriturar después de dar tan sólo una señal y ganar un buen pellizco; y veía a aquellos que se quejaban de que los ricos se llevan el dinero fuera para no pagar a Hacienda, haciendo todo lo posible por no pagar el iva de las facturas del electricista que le hacía la ñapa en casa; y veía a  aquel que lincharía al político corrupto que metía la mano en la caja pirateando el wifi de su vecino o bajarse por internet las películas que aún no se han estrenado en el cine;  y también veía a muchos de los que se quejaban de como nuestros gobiernos se habían endeudado tanto que ahora tenían que hacer tantos recortes, asumiendo importantes deudas con el fin de igualar a su vecino en su tren de vida.

Y cierto será, sin duda, que todos aquellos a los que señalamos tienen su parte de culpa, pero mucho que no dejan de ser el reflejo de los valores que están presentes en muchos de los españoles de a pie, y que sin darnos cuenta, vamos transmitiendo inconscientemente a nuestros hijos. Porque estoy seguro de que si no hubieran sido esos, hubieran sido otros. Por cada uno de ellos que no estuviera, habría otros cinco deseando tener su puesto para hacer lo mismo, Y si alguien no me cree, me verá obligado a citar ese maravillosos experimento sociológico que ha sido el caso de las llamadas tarjetas black de Cajamadrid. En efecto, me puedo imaginar perfectamente el caso con el siguiente enunciado:

Investigadores de la universidad de sociología deciden reunir en el consejo de administración de una importante caja de ahorros a distintos individuos de muy distinta procedencia, nivel económico e ideas políticas. Se les da a todos ellos una tarjeta asociada a la Caja y se les dice que pueden utilizarla para todo tipo de gastos de índole personal de forma ilimitada e incontrolada. Esto además, se hace de forma continuada a todos aquellos que se van incorporando a dicho consejo de administración durante el tiempo que dura el estudio, es decir unos quince años. Pasados estos años se comprueba quien se ha negado a utilizar dicha tarjeta y quien no, ¿Y qué es lo que se demuestra? Que los de derechas la utilizan; que los de izquierdas también la utilizan; que los sindicalistas la utilizan y que los representantes de la patronal también. La utilizan tanto lo que tienen más dinero como los que  tienen menos, y por mucho que se sigan haciendo distinciones, no hay diferencias. Y si de, digamos, cincuenta personas de distintas procedencias apenas hubo uno o dos que no la utilizaron, no me puedo creer que el resto de los cuarenta millones de españoles que llevamos unos meses indignándonos con el caso hubiéramos hecho algo distinto. No señor, porque mucho me temo que  los valores en la sociedad española están muy confundidos y que mucho de nosotros, en mayor o menor medida, nos hemos dejado llevar por una situación de alegría y despilfarro en una situación económica engañosa que pensábamos no se iba a acabar nunca.

E insisto tanto en todo esto para que aprendamos de los errores, ya que como dice el famoso aforismo, quien no aprende de sus errores está condenado a repetirlos. Y sólo hay aprendizaje si asumimos como nuestra la responsabilidad de cambiar los valores que nos han llevado a esta situación. Porque, y ahí va de forma clara y concisa el tema de esta entrada, no podemos esconder, como estamos acostumbrados a hacer, nuestra responsabilidad individual detrás de un supuesto comportamiento colectivo que no controlamos, porque tal comportamiento colectivo no existe como un ente único, sino que es formado por la suma de los comportamientos individuales de cada uno de nosotros. Y cuando no comprendemos eso, nos pasa lo que a los ciudadanos de nuestro cuento, que de forma mezquina y egoísta piensan que su insignificante falta no se va notar entre tantos litros de vino que se va a derramar en la jarra. Pero con lo que no cuenta el ignorante vecino es que seguramente lo ha visto otro vecino, aún más mezquino y egoísta si cabe, que en vez de pensar en hacer verle su error o denunciarle, piensa que el vecino no puede ser más listo que él y que por tanto debe hacer lo mismo. Sí, ese creo que ha sido el comportamiento de muchísimos españoles, que después de escamotear un litro de vino, se quejan de que ha habido otros que han escamoteado dos.

Y ahora, en vez de asumir nuestra responsabilidad, nos dedicamos a quejarnos y a exigir cambios a los demás pensando que eso no va con nosotros, que son los políticos los que tienen que cambiar esto.
Pues yo digo bien alto al que me quiera escuchar que si queremos cambiar las cosas no es cuestión de votar a partidos políticos con nombres distintos a los tradicionales, porque el poder atraerá a los corruptos como miel a las moscas, sino de empezar a comportarnos de una manera más ética, generosa y participativa y de ser un ejemplo de valores para nuestros hijos para que éstos no sea en el futuro como esos políticos de los que ahora tanto nos quejamos. Y bien sé que muchos de vosotros se estará preguntando: "Ya, ¿pero no será una pérdida de tiempo que yo cambie si los demás no están dispuestos a cambiar?". Pues yo os contestaré, como es de recibo, con una última historia...


Érase en un lugar muy lejano que vivía un hombre muy sabio. Todos los días, al despuntar el sol, salía a pasear por la orilla del mar.
Aquel día pasó algo que consiguió llamarle poderosamente la atención. Había una bellísima y frágil muchacha que iba andando por la arena, de vez en cuando observó que la niña se agachaba a coger algo de la arena, y que inmediatamente lo devolvía a la mar. Intrigado viendo esta escena repetirse día tras día, decidió acercarse y ver qué era lo que con tanto afán aquella niña lanzaba al mar todas las mañanas hacía ya tanto tiempo.
Conforme se aproximaba a la muchacha, comprobaba como verdaderamente era de una belleza tan extraordinaria que más bien parecía un ángel. Observó con asombro que lo que la niña devolvía eran estrellas de mar que las olas habían arrastrado a la orilla.
-¿Por qué devuelves al mar las estrellas que arrastran las olas?
La niña respondió con una voz tan dulce y tan bella como jamás había escuchado:
-Es que si no las devuelvo pronto, cuando el sol esté más alto, con su calor las secará y morirán.
-¿Pero no ves la inutilidad de lo que haces? En estas orillas la mar arrastra miles de estrellas, y tú empleas tu tiempo en algo tan absurdo… Nunca podrás salvar salvo a unas pocas y no supondrá diferencia alguna
La niña miró al sabio con sus ojos de color violeta, sostuvo unos momentos su mirada y con una leve expresión de extrañeza y volviendo a su tarea, cogió una nueva estrella y la lanzó con fuerza al mar diciendo:
-Para ésta,...

... sí supondrá una gran diferencia.

Si me permitís, amigos, os diré que sé que con esta entrada no cambiaré el mundo ni a la sociedad española, pero quizá para algunos de vosotros, pueda suponer una gran diferencia.

Un fuerte abrazo








viernes, 17 de octubre de 2014

Soy un acorazado. Cambie su rumbo.

Dos acorazados asignados a la escuadra de entrenamiento habían estado de maniobras en el mar con tempestad durante varios días. Yo servía en el buque insignia y estaba de guardia en el puente cuando caía la noche. La visibilidad era pobre; había niebla, de modo que el capitán permanecía sobre el punte supervisando todas las actividades.
Poco después de que oscureciera, el vigía que estaba en el extremo del puente informó: "Luz a estribor".
"¿Rumbo directo o se desvía hacia popa?", gritó el capitán.
El vigía respondió "Directo, capitan", lo que significaba que nuestro propio curso nos estaba conduciendo a una colisión con aquel buque.
El capitán llamó al encargado de hacer señales . "Envíe este mensaje: estamos a punto de chocar; aconsejamos cambiar 20 grados su rumbo".
Al poco llegó una señal de respuesta; "Aconsejamos que ustedes cambien 20 grados su rumbo".
El capitán, contrariado, dijo: "Contéstele, soy capitán, cambie su rumbo 20 grados ahora mismo".
"Soy marinero de segunda clase-nos respondieron-. Mejor cambie su rumbo 20 grados."
El capitán ya estaba hecho una furia, así que espetó: "Conteste: Soy un acorazado. Cambie inmediatamente su rumbo 20 grados si no quiere ser envestido por nosotros.
Al poco, la linterna del interlocutor envió su último mensaje ...

"Yo .... soy un faro",



"Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo"

Leon Tolstoi

Ya os podéis imaginar, queridos amigos cual fue la siguiente acción del capitán; sin duda, mandar girar el rumbo 20 grados, ¡y sin perder ni un segundo!


¿Y que tiene que ver el chiste de hoy con los temas que nos suele acercar este blog? Pues mucho, sin duda, ya que me va a servir para explicar, tal y como yo lo veo,  un concepto que bien entendido bien puede transformar nuestras vidas. Me estoy refiriendo al no siempre bien comprendido término de la aceptación, y digo no siempre bien comprendido porque suele confundirse con el menos beneficioso de la resignación.

Pero vamos por partes. El chiste del principio,habla , aunque no lo parezca, de la aceptación y de su contraria, el rechazo o resistencia a lo que estamos viviendo, y la diferencia queda bien recogida en la cita de León Tolstoi. ¿Que hacemos cuando algo nos desagrada y enfurece? Pues tratar de que cambie, que para eso yo soy el capitán de mi propia vida, y como para mí no hay nada más importante, pues bien puedo creerme un acorazado al paso del cual todo lo demás tendrá que apartarse. Pero mucho temo que en nuestras vidas nos encontraremos con infinidad de faros, que no se inmutarán ante nuestra presencia y mucho menos tienen intención o posibilidad de apartarse.

Así que si rechazamos la realidad que no nos gusta , enfadándonos con ella y empeñados en embestirla, las consecuencias suelen ser muy parecidas a las del choque del acorazado con un faro. Pero si por el contrario, nos damos cuenta de que tan sólo controlamos nuestro rumbo, bien podemos corregir el rumbo encontrando otros caminos mas seguros y provechosos.

Así, cobra perfecto sentido un precioso aforismo budista que dice: " Lo que se resiste, persiste; lo que se acepta, se transforma", y por si todavía no ha quedado suficientemente claro, lo explicaré más detenidamente:

"Lo que se resiste, persiste". Cuando algo nos enoja o enfurece, se produce toda una reacción en nuestro cuerpo que nos predispone a la lucha. La fisiología del mismo cambia, de manera que se acelera el pulso, sube la tensión sanguínea en nuestros músculos y, sobre todo, nuestra atención se estrecha, concentrándonos únicamente en el objeto de rechazo. Y esta reacción primitiva a la que estamos predispuestos, que  nos lleva a "atacar" de forma directa e instintiva, puede ser muy útil ante un peligro físico, real y cercano, pero ante situaciones más complejas, no nos permite estudiar con calma el problema y no nos deja ver que otros recursos, direcciones o estrategias podemos poner en marcha; y lo que es peor, no nos paramos a pensar en las graves consecuencias que a veces puede producir tal ataque directo. En el peor de los casos, aún podemos alimentar más el problema, ya que al otro extremo del mismo es probable que haya alguien o algo intentando mantener el status quo.

"Lo que se acepta, se transforma". Sin embargo, cuando vemos el problema desde la serenidad y la calma, con una fisiología relajada, nos permitimos el tiempo necesario para estudiar el problema y sus causas, y nuestra atención se abre, permitiéndonos explorar todos los recursos a nuestro alcance y todos los caminos de acción posibles. Así, modificando de manera adecuada e inteligente nuestro rumbo, podemos rodear de manera efectiva los "faros inamovibles" de nuestra vida, y llegar a buen puerto.

Es decir, que cuando "aceptamos" un aspecto de la realidad que nos disgusta, aceptamos ese aspecto, sí, pero no sus consecuencias.  Y en esto se diferencia la aceptación de la resignación, ya que la primera se centra de forma muy activa en lo que sí podemos hacer al respecto, mientras que en la segunda nos quedamos pasivos considerando inamovibles tanto el hecho como sus consecuencias. En el chiste del faro, por ejemplo, resignarse supondría saber que se va a chocar con el faro y creer que no se puede hacer nada al respecto. ¡Pero que el faro no se vaya a mover no quiere decir que no lo podamos hacer nosotros !

Así que espero, después de esta disertación, que no sigáis empeñados en embestir faros, y seáis más bien flexibles a la hora de cambiar vuestro rumbo cuando así sea necesario. Pero como sé de la dificultad de tal misión, no me despediré sin antes recomendaros que os encomendéis a Dios, como hacía el propio Reinhold  Niebuhr cuando decía:" Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que sí puedo, y  (sobre todo, añado yo), ... sabiduría para distinguir entre ambas.



Cuentan que una madre llorosa se acercó a Buda con su hijo muerto en brazos. “¡Por favor, iluminado, ayúdame!” le dijo con el rostro cubierto de lágrimas. “¿Qué puedo hacer por ti?” preguntó Buda extendiéndole la mano. “Cura a mi hijo, no puedo vivir sin él. Tú eres un hombre de grandes poderes, devuélvele la vida”.
Buda esbozó una sonrisa compasiva y le dijo “con gusto haré lo que me pides y sólo te pediré algo a cambio: debes traerme tres semillas de mostaza que obtengas de un hogar al que jamás haya visitado la muerte”. La madre se alegró, y con el niño sin vida aún en brazos, corrió rumbo a la aldea para cumplir su parte.
budda
En la primera puerta que tocó una mujer se ofreció a entregarle las semillas. “Seguramente que en esta casa nadie ha muerto” dijo la madre. “Los que vivimos bajo este techo somos pocos, comparado con todos los que murieron aquí” dijo la mujer, así que la madre debió rechazar las semillas. En la segunda puerta se enteró que hacía un año el hermano del dueño había muerto a causa de un accidente. Lo mismo le sucedió el resto del día: si no había sido un hermano, era un hijo o algún otro familiar el que había fallecido en el pasado.
Al atardecer volvió al bosque, aún con el niño sin vida en sus brazos. “Así que no hay cura para la muerte, después de todo” pensó y enseguida dejó al pequeño sobre una cama de flores. Luego regresó al lugar donde se encontraba Buda y le dijo con resignación “es imposible, no existe el hogar que jamás haya conocido la visita de la muerte”.

"Así es, mujer", le respondió El Buda. "Como habrás comprobado, la muerte forma parte de la vida, y mucho me temo que ya nada te devolverá a tu hijo. Comprendo tu dolor, pero si te rebelas contra ello, perderás el resto de tu vida lamentándote y maldiciendo tu suerte. Pero si lo aceptas y vienes conmigo, quizá puedas honrar su memoria sirviendo a aquellos que más lo necesiten." Y así fue como la mujer se convirtió en su discípula y su vida volvió a cobrar sentido.














sábado, 30 de agosto de 2014

Un método fantástico

Un buen día, un hombre que  va caminando por la calle cree ver a lo lejos a un amigo. Cuando se acerca a saludarlo, se da cuenta de que está dando sonoras palmadas con sus manos sin que parezca haber ninguna razón evidente. Así que después de pararse delante de él y saludarlo, le pregunta por su extraño parecer. El hombre responde:


- Pues hago esto para espantar a los tigres. Es un método fantástico.

-¿Tigres? ¡ Pero si por aquí no hay ningún tigre!- le grita sorprendido


Y el amigo le responde, muy seguro de sí mismo:



-Ya te lo dije. Un método fantástico, sin duda.


Gracioso ¿verdad? ¿O quizá más bien trágico? Pues reto a  cualquiera de mis lectores que se atreva a desafiar la aparente lógica del razonamiento de nuestro protagonista, no sin antes advertirle que no me pondría en su papel por nada del mundo. Porque mucho me temo que nuestro amigo del chiste no está dispuesto a cambiar fácilmente de modo de actuar, pues a la vista de todos está que "él da palmadas, y ciertamente, no hay tigres cerca"

A sus ojos, no puede ser una coincidencia, ya que él ha actuado de una forma intentando obtener un resultado y éste sin duda se obtiene. Sólo tiene que obviar un pequeño hecho casi sin importancia, y es que ....¡ allí nunca hubo tigres!

Esta historia ilustra muy claramente lo fácil que es llenarse de razón y encontrar argumentos, aparentemente lógicos, para justificar nuestras acciones, porque al contrario de lo que podría parecer, tendemos a adaptar lo que recibimos del mundo para hacerlo coincidir con nuestras creencias previas, y no al revés, como en un principio se podría suponer. Y así debe ser en parte, por que no podemos estar cuestionando todas nuestras creencias y comportamientos a la luz de nuevos hechos.  Esto sería, sin duda, demasiado cansado, y evidentemente, nada eficiente. Así que para simplificar la gestión de nuestra vida debemos utilizar nuestras creencias previas para  movernos por el mundo con cierta agilidad y sin que sea necesario aprender todo una y otra vez. Y hasta aquí, todo bien, pero el problema aparece cuando nuestras creencias deciden comportarse  a su vez como auténticos seres vivos que buscan perpetuarse en nuestra mente, aunque para ello tengan que limitar nuestra atención y  percepción y malinterpretar lo que a nuestro alrededor ocurre.

 A esto se refería el gran filósofo Friedrich  Hegel cuando nos decía irónicamente "si la teoría no concuerda con los hechos, tanto peor para los hechos", y que viene a decir que cuando nos hemos involucrado con una idea nos costará darle crédito a los hechos que la contradigan, y no será muy difícil, como en el chiste del principio, dirigir o limitar nuestra percepción para encontrar argumentos que nos den la razón.

Y de esta forma, vamos por la vida justificando creencias y comportamientos poco útiles y en muchos casos trágicos. Y si creéis que exagero, aquí os propongo una muestra bien representativa mediante esta historia que he extraído del libro de Marcelo R. Ceberio "La construcción del Universo" (y advierto que no es un libro de astronomía ni física)

"Friedrich Von Spee, el famoso autor de Cautio Criminalis (Sobre los juicios de las brujas), muestra horrorosos ejemplos de realidades creadas por la naturaleza autocerrada en una creencia incuestionable. Spee fue un sacerdote que tuvo fluidos contactos con hombres y mujeres acusados de brujería, y presenció las más inhumanas escenas de tortura. Escribió su libro con la finalidad de convencer a la corte que con la base de su procedimiento de juicio y reglas de evidencia, nadie jamás puede ser encontrado inocente.

En primer lugar, no había duda en la mentalidad de los jueces de que Dios con su sabiduría y amor protegería al inocente, con lo cual los que no fueran salvados por él , darían cuenta , por consiguiente, de una prueba evidente de su culpabilidad. Además, una vida considerada sospechosa podía ser honrada o no; si no lo era, ésta era una prueba adicional de culpabilidad, y si lo era, constituía una razón para una sospecha adicional, puesto que es bien sabido que las brujas son capaces  de crear la impresión de ser virtuosas y honorables. Una vez en prisión, los sospechosos podían ser temibles o no. Si eran tildados de temibles, esto en sí mismo era una prueba de culpabilidad; si en cambio resultaban calmos y confidentes, tal actitud también era sospechosa, ya que es bien sabido que las brujas más peligrosas son capaces de aparecer inocentes y tranquilas....."


Y así iban justificando las más horribles torturas y castigos unos inquisidores que, ávidos de aumentar su currículum a cuenta de algunas pobres almas, "torturaban" la misma realidad para salirse con la suya.


Mucho me temo que de esta misma manera, torturamos la realidad todos nosotros, unos más, otros menos, para que "cante" lo que a nosotros más nos convenga. Y así no es de extrañar oír tan acaloradas discusiones sobre la verdad de las cosas, tan llenos de razón unos y otros, ya que cada parte ha ido utilizando las pruebas más convenientes para defender sus ideas, las cuales se hacen, como es de suponer, más y mas rígidas.

Así que os recomiendo amigos, que cuando los hechos (u otra persona) contradigan vuestra teoría, ampliéis vuestra percepción y cuestionéis por un momento tan siquiera vuestras creencias, ya que a diferencia de lo que solemos hacer, para validar una creencia, no hay que encontrar un hecho que la avale (como hacemos muchos llenos de razón) .... sino asegurarnos que no somos capaces de encontrar uno que la contradiga.....

A finales de 1988, la edición local del diario italiano La Nazione comunicó un extraño inidente que tuvo lugar en el Hospital General de la ciudad toscana de Groseto. una mujer esquizofrénica aguda fue admitida de urgencia, y debía ser llevada nuevamente a su Nápoles nativo para someterse a un tratamiento psiquiátrico. Cuando los asistentes de la ambulancia fueron a recogerla y preguntaron dónde estaba, les dijeron: "Ella está ahí adentro".

Al entrar en la habitación encontraron a la paciente sentada en su cama, totalmente vestida y con su cartera lista. Cuando le pidieron que se fuera con ellos, comenzó rápidamente a descompensarse, gritó, se resistió violentamente, y sobre todo, mostró los bien conocidos síntomas de despersonalización. Tuvo que ser forzosamente tranquilizada, antes de ser llevada abajo. Alrededor de dos horas más tarde, mientras la ambulancia llegaba a Roma, fue detenida por un automóvil de la policía y le dijeron al conductor que llevara a la mujer de vuelta a Grosetto. En lugar de la paciente, habían recogido.... ¡ a una mujer que estaba esperando para pagar una consulta de un pariente, sometido recientemente a una cirugía menor!

Para seguir profundizando:

El arte de amargarse la vida. Paul Watzlawick

La construcción del Universo. Marcelo R. Ceberio.

Introducción a la PNL. Joseph O´Connor y Jhon Seymour.

viernes, 30 de mayo de 2014

la profecía autocumplida


 En 1964, inspirado en el mito de Pigmalión, Robert Rosenthal (un profesor de psicología social de la Universidad de Harvard) inició un famoso experimento educativo.

Primero, aplicó una prueba de inteligencia a un grupo de escolares. Acto seguido, dividió al grupo en dos clases, al azar. A la profesora del primer grupo le dijo que tenía a cargo a estudiantes normales; a la del segundo grupo le señaló que sus estudiantes eran chicos “situados por encima del promedio, de los que se podía esperar progresos notables”. Claro está, la diferencia entre los dos grupos era pura ficción.
Al final del año, Rosenthal volvió a aplicar la prueba a todos los estudiantes. El resultado fue que los chicos del grupo experimental (los falsamente descritos como superdotados ante sus profesores) habían mejorado mucho más que el grupo de comparación.
Así las cosas, aunque los dos grupos eran igualmente competentes, las expectativas de sus profesores eran muy distintas.
La predicción de Rosenthal probó ser correcta: al darles información de que ciertos estudiantes eran más inteligentes que otros, sus profesores se comportaban inconscientemente de manera que el éxito de estos estudiantes se viera facilitado.



No por conocida deja de sorprender la historia. Parece mentira que la expectativa de los profesores pueda influir de tal manera en las calificaciones de los alumnos, pero así es, mis queridos amigos, confirmado lo acertado del título del blog, ya que parece demostrar que todo puede ser diferente según nuestras propias expectativas. Y como ya he explicado en alguna ocasión, dos son los motivos.
Por un lado, la expectativa de los profesores condiciona su atención, y por tanto, la recogida de información por parte de los mismos; y por otro, la misma expectativa condiciona su  comportamiento, y éste a su vez, el comportamiento de los que los rodean.

En concreto, en la historia que nos ocupa, la investigación demostró lo siguiente:

 En colaboración con Lenore Jacobson, directora de la escuela, Rosenthal descubrió lo siguiente: los profesores que creían que un alumno era bueno, le sonreían con más frecuencia, lo miraban más tiempo a los ojos, le daban más retroalimentación (sin importar si sus respuestas eran correctas o incorrectas) y sus reacciones de elogio eran más claras.

Es decir, el alumno se sentíría más apreciado y aceptado por las sonrisas de los profesores y sus miradas, la paciencia de éstos hacia los errores de los alumnos seguramente se vería aumentada y dichos errores se verían como normales en un proceso de aprendizaje sin que supusiera recriminación alguna. Además, con el convencimiento de que  los resultados del aprendizaje serían satisfactorios, los profesores no escatimarían esfuerzos en explicar las lecciones y las prepararían con minuciosidad. Los niños se mostrarían además más motivados, ya que los profesores tendían a ver los positivo de sus acciones, dándoles  calurosos reconocimientos.


¿Y por qué me apetecía hoy contar esta historia? Pues porque con esta disertación vuelvo a conectar con la anterior entrada, aún reciente, sirviéndome para resaltar lo peligroso de poner etiquetas a los demás, ya sean nuestros hijos u otros adultos como cónyuges o compañeros de trabajo. Si estas son negativas pueden producir efectos nefastos entre los que nos rodean y en nuestras relaciones (sobre todo nuestros hijos, ya que los efectos será mas permanentes), mientras que si generamos expectativas positivas es muy probable que los demás hagan un esfuerzo por cumplir dichas expectativas y recibir reconocimiento. Como decía Dale Carnegei en su fantástico libro "Como ganar amigos", dele a los demás una buena reputación a la que hacer honor, y después elogie el más pequeño progreso y, además, cada progreso. Sea caluroso en su aprobación y generosos en sus elogios.

Ya lo sé, fácil no es. Y es que nos guste o no, tendemos a ser muy rígidos con nuestros mapas aunque la realidad se empeñe en contradecirlos, pero si no somos flexibles con lo mismos, adaptando y actualizando creencias, lo más probable es que esos mapas no nos sirvan y nos lleven lejos de nuestro destino, y además, no habrá ser humano que pueda ayudarnos. Y si no me creéis, preguntádselo al protagonista de la siguiente historia..


Un hombre firmemente convencido de que está muerto, decide, presionado por su familia, 
acudir al psiquiatra. 
PSIQUIATRA: Bien, dígame usted que le pasa. 
MUERTO: La verdad es que a mí no me pasa nada, simplemente mi familia no se cree que yo 
esté muerto, y han insistido en que venga a verle. 
PSIQUIATRA: ¿Y usted está completamente seguro de que está muerto? 
MUERTO: Pues claro, si lo sabré yo... 
PSIQUIATRA: Bueno, en ese caso, dígame usted si cree que los muertos pueden sangrar. 
MUERTO: ¿Sangrar? Por supuesto que no. 
 El psiquiatra le pide entonces al sujeto que se suba la manga de la camisa y extienda el brazo 
sobre la mesa de consulta. Sin previo aviso le pincha con una aguja, y como consecuencia de 
ello una gota de sangre fluye sobre el brazo del paciente. 
 Satisfecho de su ingeniosa idea, el psiquiatra aguarda la respuesta deseada. 
PSIQUIATRA: Bien, ¿y ahora, que me dice usted...? 
MUERTO: Pues que yo estaba equivocado...es evidente que los muertos...¡ sí pueden sangrar!

Un abrazo