"Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino para decidir su propio camino. Y es precisamente esta libertad interior la que nadie nos puede arrebatar, la que confiere a la existencia una intención y un sentido"



Viktor Frankl,

Superviviente de los campos de concentración nazis y creador de la Logoterapia









viernes, 30 de mayo de 2014

la profecía autocumplida


 En 1964, inspirado en el mito de Pigmalión, Robert Rosenthal (un profesor de psicología social de la Universidad de Harvard) inició un famoso experimento educativo.

Primero, aplicó una prueba de inteligencia a un grupo de escolares. Acto seguido, dividió al grupo en dos clases, al azar. A la profesora del primer grupo le dijo que tenía a cargo a estudiantes normales; a la del segundo grupo le señaló que sus estudiantes eran chicos “situados por encima del promedio, de los que se podía esperar progresos notables”. Claro está, la diferencia entre los dos grupos era pura ficción.
Al final del año, Rosenthal volvió a aplicar la prueba a todos los estudiantes. El resultado fue que los chicos del grupo experimental (los falsamente descritos como superdotados ante sus profesores) habían mejorado mucho más que el grupo de comparación.
Así las cosas, aunque los dos grupos eran igualmente competentes, las expectativas de sus profesores eran muy distintas.
La predicción de Rosenthal probó ser correcta: al darles información de que ciertos estudiantes eran más inteligentes que otros, sus profesores se comportaban inconscientemente de manera que el éxito de estos estudiantes se viera facilitado.



No por conocida deja de sorprender la historia. Parece mentira que la expectativa de los profesores pueda influir de tal manera en las calificaciones de los alumnos, pero así es, mis queridos amigos, confirmado lo acertado del título del blog, ya que parece demostrar que todo puede ser diferente según nuestras propias expectativas. Y como ya he explicado en alguna ocasión, dos son los motivos.
Por un lado, la expectativa de los profesores condiciona su atención, y por tanto, la recogida de información por parte de los mismos; y por otro, la misma expectativa condiciona su  comportamiento, y éste a su vez, el comportamiento de los que los rodean.

En concreto, en la historia que nos ocupa, la investigación demostró lo siguiente:

 En colaboración con Lenore Jacobson, directora de la escuela, Rosenthal descubrió lo siguiente: los profesores que creían que un alumno era bueno, le sonreían con más frecuencia, lo miraban más tiempo a los ojos, le daban más retroalimentación (sin importar si sus respuestas eran correctas o incorrectas) y sus reacciones de elogio eran más claras.

Es decir, el alumno se sentíría más apreciado y aceptado por las sonrisas de los profesores y sus miradas, la paciencia de éstos hacia los errores de los alumnos seguramente se vería aumentada y dichos errores se verían como normales en un proceso de aprendizaje sin que supusiera recriminación alguna. Además, con el convencimiento de que  los resultados del aprendizaje serían satisfactorios, los profesores no escatimarían esfuerzos en explicar las lecciones y las prepararían con minuciosidad. Los niños se mostrarían además más motivados, ya que los profesores tendían a ver los positivo de sus acciones, dándoles  calurosos reconocimientos.


¿Y por qué me apetecía hoy contar esta historia? Pues porque con esta disertación vuelvo a conectar con la anterior entrada, aún reciente, sirviéndome para resaltar lo peligroso de poner etiquetas a los demás, ya sean nuestros hijos u otros adultos como cónyuges o compañeros de trabajo. Si estas son negativas pueden producir efectos nefastos entre los que nos rodean y en nuestras relaciones (sobre todo nuestros hijos, ya que los efectos será mas permanentes), mientras que si generamos expectativas positivas es muy probable que los demás hagan un esfuerzo por cumplir dichas expectativas y recibir reconocimiento. Como decía Dale Carnegei en su fantástico libro "Como ganar amigos", dele a los demás una buena reputación a la que hacer honor, y después elogie el más pequeño progreso y, además, cada progreso. Sea caluroso en su aprobación y generosos en sus elogios.

Ya lo sé, fácil no es. Y es que nos guste o no, tendemos a ser muy rígidos con nuestros mapas aunque la realidad se empeñe en contradecirlos, pero si no somos flexibles con lo mismos, adaptando y actualizando creencias, lo más probable es que esos mapas no nos sirvan y nos lleven lejos de nuestro destino, y además, no habrá ser humano que pueda ayudarnos. Y si no me creéis, preguntádselo al protagonista de la siguiente historia..


Un hombre firmemente convencido de que está muerto, decide, presionado por su familia, 
acudir al psiquiatra. 
PSIQUIATRA: Bien, dígame usted que le pasa. 
MUERTO: La verdad es que a mí no me pasa nada, simplemente mi familia no se cree que yo 
esté muerto, y han insistido en que venga a verle. 
PSIQUIATRA: ¿Y usted está completamente seguro de que está muerto? 
MUERTO: Pues claro, si lo sabré yo... 
PSIQUIATRA: Bueno, en ese caso, dígame usted si cree que los muertos pueden sangrar. 
MUERTO: ¿Sangrar? Por supuesto que no. 
 El psiquiatra le pide entonces al sujeto que se suba la manga de la camisa y extienda el brazo 
sobre la mesa de consulta. Sin previo aviso le pincha con una aguja, y como consecuencia de 
ello una gota de sangre fluye sobre el brazo del paciente. 
 Satisfecho de su ingeniosa idea, el psiquiatra aguarda la respuesta deseada. 
PSIQUIATRA: Bien, ¿y ahora, que me dice usted...? 
MUERTO: Pues que yo estaba equivocado...es evidente que los muertos...¡ sí pueden sangrar!

Un abrazo 

viernes, 25 de abril de 2014

El valor del anillo



Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda.

- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar maestro?. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

- ¡Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mis propios problemas. Quizás después... Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

- E... encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-.

- Bien -asintió el maestro-. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.

En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado - más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.

¡Cuánto hubiese deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su ayuda.

- Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

- ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro- . Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo?. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

- ¿¿¿¿58 monedas???? -exclamó el joven-.

- Sí, -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo:
una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.



Deliciosa fábula la que nos regalaba Jorge Bucay en su fantástico libro " Déjame que te cuente", estupenda para ilustrar la forma en como entregamos nuestra autoestima a los demás desde muy pequeños. Porque, en efecto, ansiosos de conocer nuestra propia valía nos fijamos en la valía que nos otorgan los demás (sobre todo, padres y figuras de referencia) y nos la creemos a pies juntillas para siempre. Pero en nuestra inocencia, no nos damos cuenta de que la vara de medir de nuestros mayores no es algo objetivo; cada una tiene la suya y cuanto menos es la estima en la que se tienen estas personas, peor será el resultado de la medida para nosotros. 

Si sois seguidores del blog desde el principio, quizás recordéis una de las primeras entradas titulada "Lo que crees, es lo que ves", donde un anciano, a la entrada de ciudad, contestaba de forma misteriosa a dos nuevos habitantes de la misma. El anciano, con gran sabiduría, por supuesto, les contestaba a ambos con la siguiente pregunta cuando era interrogado por cada uno de ellos sobre el carácter de las gentes del lugar:    "¿Y como es la gente de donde tu vienes?" era la pregunta que les devolvía,  y al obtener dos respuestas totalmente distintas (para uno eran mezquinos y egoístas, para el otro eran generosos y nobles) dictaba, sin embargo, la  misma sentencia: "Pues eso mismo ...  será lo que encuentres aquí".

La respuesta, aunque pueda parecer enigmática no quiere decir otra cosa sino que vemos las cosas tal y como somos nosotros, y si nuestros padres tienen poca sensación de valía interna, difícilmente serán capaces de percibirla en nosotros. Por eso, nuestra valía, algo totalmente subjetivo que construimos desde pequeños, se ve totalmente condicionada por los juicios (totalmente subjetivos también) de personas que nos miden, no por lo que somos, si no por lo que ellos son, tal y como le ocurría a nuestro protagonista en el anterior post, que lo valoraban como un patito feo porque eran incapaces de reconocer en él a un maravilloso cisne.

¿Y cómo se produce esto? ¿Cómo se traslada esa visión de nuestros progenitores de forma que se convierta en nuestra propia percepción? pues bien, a mí me gusta explicar esto con lo que yo llamo" la metáfora del espejo". 


Pensad por un momento en vuestra propia imagen física. No os será muy difícil recrear vuestra propia imagen en vuestra cabeza, ya que la veis muy a menudo, pero quizá no os habéis parado a pensar en que no la tendríais tan clara si no existieran espejos u otros objetos donde pudierais veros reflejados. Pero imaginad por un momento que jamás os habéis visto reflejados en un espejo digamos, normal, sino que por algún misterioso embrujo sólo os pudierais haber visto reflejados en espejos mal pulidos, rugosos y por ejemplo, algo cóncavos. ¿Qué pasaría entonces?, pues mucho me temo que la imagen que tendríais de vosotros mismos nada tendría que ver con la que de un espejo normal se pudiera obtener, y como consecuencia de ello, no quedaríais demasiado bien parados en vuestras comparaciones con los demás. Pero lo más grave, me temo, es que acostumbrados a veros siempre de la misma manera seríais totalmente incapaces de reconoceros cuando, por casualidad, se hubiera roto dicho embrujo y estuvierais delante de un espejo liso y recto; no señor, no tendríais base alguna para daros cuenta de que esa nueva imagen, nítida y proporcionada, os representa realmente a vosotros.


Y así se forma también nuestra autoestima y así tiende a mantenerse en el tiempo como un sistema que se autorrefuerza. De la misma manera que conocemos nuestra imagen física a través de los espejos en los que nos reflejamos, creemos conocer también nuestra valía por la imagen que nos devuelven nuestros mayores. Éstos nos transmiten su juicio, ya sea consciente o inconscientemente, quizá  a través de sus frases o quizá a través de su lenguaje no verbal, pero el caso es que poco a poco su juicio se va sedimentando en nosotros, haciendo mella en la percepción de nuestra propia valía. Y así, al igual que en el caso del espejo no nos reconocemos ya en un espejo normal porque nunca nos hemos visto de tal manera, tampoco repararemos en signos externos de valía, o no les daremos importancia, si durante nuestros primeros años no hemos conocido el reconocimiento y el amor incondicional. 

Y como decíamos, esto se convierte en un sistema que se autorrefuerza; porque en  efecto, una vez que nos hemos construido una imagen determinada de nuestra valía no seremos capaces de reconocer aquellos signos que contradigan dicha imagen y simplemente tendrán relevancia para nosotros los que parezcan convenir con la misma. De esa manera surgen en las personas con una débil autoestiima  afirmaciones tales como "siempre me pasa esto a mí", "nunca hago nada bien","todo lo estropeo",""nunca lo conseguiré", etc, es decir, juicios en forma de generalizaciones que surgen de obviar aquellas cosas que hacemos bien y de dar mucha importancia a las que salen mal, y por esa misma razón, cuando echamos la vista atrás, no somos capaces de recordar todo aquello bueno que hacemos o conseguirmos, y sin embargo, no tendremos ninguna dificultad en señalar todo lo negativo de nuestra vida. Y como decimos, con cada nueva  visión distorsionada de la realidad, más fija se vuelve la imagen y menos reconocible será nuestra valía para nosotros. 

Por todo esto, amigos míos, es tan grande la responsabilidad que tenemos como padres, por que en nuestro trato con nuestros hijos a diario se van construyendo una imagen de sí mismos que les costará mucho cambiar en el resto de su vida, y si queremos que se sientan personas valiosas, mejor haremos en huir de ponerles etiquetas, de juzgarlos duramente o quererlos de forma condicionada. Y por el contrario, debemos mostrarles  que nuestro amor es incondicional, que podemos juzgar sus actos pero no a ellos y que por supuesto.....,  los aceptamos tal y como son.

Explicar convenientemente este último párrafo daría también para un nuevo post, así que no me voy a extender mas por hoy y voy a concluir con una última aportación. He estado hablando de la valía y de medirla, y de si esta es positiva o negativa. En el fondo, nada de esto importa, es totalmente subjetivo, así que lo importa no es tanto si tenemos grandes capacidades o no; lo único importante es si nos aceptamos y nos encontramos a gusto con lo que somos y con lo que somos capaces de hacer, nada más. Y cerca de esta afirmación, sólo se me ocurre una forma útil de medir la valía de las personas, que recuerdo haber leído en un libro de Rafael Santandreu,  "una persona es tan valiosa.... como lo es  su capacidad de amar y de hacer cosas por los demás".


Así que dejad de ver patitos feos y haced como la mariposa de la siguiente historia:

Había una vez, una oruga que iba arrastrándose por el bosque con la cabeza baja, asustada, insegura y lamentándose por su complicada existencia.  De repente, uno de los seres más maravillosos que ella había visto en su vida, se cruzó en su camino, la oruga quedó maravillada por la enorme belleza de ese ser que lucía enormes alas de mil colores, era grande y hermosa, tan elegante, tan segura de sus habilidades y recursos, tan completa y feliz. Bajo los rayos del sol a la oruga le parecía estar viendo a una diosa.
Así pues, ni corta ni perezosa, la oruga le preguntó a la mariposa:
- Bella Mariposa, ¿me puedes decir cómo has conseguido esas preciosas alas que te dan la    seguridad de escapar cuando adviertes peligro?, dime por favor ¿cómo se ve el mundo desde ahí arriba? explícame  ¿qué se siente, cuando tus colores se funden con las de las bellas flores sobre las que te aposentas?, me pareces un ser maravilloso, me encantaría tener todas tus cualidades, tan bonita, tan esbelta, tan elegante, tan segura, tan discreta, posees tantos recursos….
La mariposa miró a la oruga y sabiamente le respondió:
- Querida oruga, todo lo que eres capaz de reconocer en mí, ya vive en tí, y todas esas cualidades y la grandeza que ves en mí, también tú la posees, recuerda querida oruga que llegará el día, en que tú también tendrás grandes alas, percibirás el mundo desde aquí arriba, y también te aposentaras sobre grandes flores, la naturaleza ya tiene previsto este don también para tí, tu transformación llegará en el momento adecuado, cuando estés preparada, disfruta pues de tu camino y tu recorrido,  no te impacientes, pues llegará el día en que las dos volaremos juntas, y a otras orugas podremos explicar que disfruten del camino, pues llegado el momento muy alto volarán.

Un abrazo 

Para seguir profundizando:

El arte de no amargarse la vida. Rafael Santandreu. 

La Brújula Interior. Alex Rovira

Nacidos para triunfar. Muriel James




sábado, 25 de mayo de 2013

El patitio feo

[...] ¿Pero, por qué te has escondido? ¿Por qué no sales de ahí y vienes a nadar y volar con nosotros?- le dijo uno de los cisnes.
- Pues porque quiero estar escondido, donde nadie me vea. Soy muy feo y torpe, y todo el mundo se ríe de mí. Vosotros sois hermosos y ágiles y me daría mucha vergüenza estar al lado vuestra.
- Pero, ¿qué dices?- le interrumpió entonces otro de los cisnes-  si eres un maravilloso ejemplar de cisne, tan hermoso y ágil como cualquiera de nosotros.
- ¿Un cisne, yo?, pero si tan solo soy un horrible pato. ¿Cómo dice eso?- respondió el patito feo mientras, sin darse cuenta, iba saliendo tímidamente de sus escondite.
- Pues porque eres un esbelto cisne, y uno de los más hermosos que haya visto, diría yo.  Si no lo crees, sal aquí afuera y mira tu imagen reflejada en el agua. Verás que apenas hay diferencias entre nosotros.
See full size imageEntonces nuestro amigo salió de entre las plantas y miró detenidamente su imagen en el agua. ¡Cuanto había cambiado! Y era cierto que no se parecía en nada a los patos que el conocía, y por el contrario, en nada desmerecía a los hermosos animales que tenía frente a él.

-Entonces..., todos estaban equivocados. Me comparaban con mis hermanos diciendo que era demasiado grande y torpe, que mis plumas no tenía color y que mi cuello era espantosamente alargado. Y...¡cuanto he sufrido yo con esas comparaciones!

-Pues deja ya de sufrir, pues  nada tienes  de que avergonzarte- le volvieron a interrumpir los cisnes- olvídate de todo lo que te hayan dicho y vente con nosotros, ya que quienes se reían de ti no hacían sino presumir de su ignorancia, y la fealdad de sus corazones les impedía ver la belleza que había en ti. 


Seguramente todos vosotros habéis reconocido el final del maravilloso cuento “El patito feo” que me he permitido versionar libremente para la ocasión. Como en todos los cuentos, la finalidad última de éstos no es entretener a los niños, sino transmitir, de forma indirecta, mensajes importantes para el aprendizaje de los mismos. Así, por ejemplo, tenemos el de "Caperucita Roja", que  les transmite la necesidad de ser precavidos ante los extraños, o el de "Los tres cerditos", que les transmite el valor del esfuerzo.

Pues bien, en esta versión me he permitido reforzar el mensaje final (para que fuera más evidente) que subyace en este cuento, el hecho de que cada uno de nosotros tiene un potencial maravilloso que no se debe limitar por la incapacidad de los demás para verlo. Y es que este es un mensaje fundamental que ya me gustaría que interiorizara bien adentro mi propia hija. Sin embargo, observando como se deleitaba viendo en la televisión una estupenda versión de dicho cuento, comprendí que difícilmente podía una niña tan pequeña alcanzar a entender dicho mensaje, y surgió en mi la descabellada idea de que quizás, por esta vez, no fueran los niños los destinatarios de ese mensaje, sino que sabiendo que, inexcusablemente, el cuento iba a ser contado a los niños por sus amantes progenitores, el autor había tenido la retorcida idea de hacerles llegar el mensaje a.... ¡estos últimos!

Porque, en efecto, no creo que el niño pueda protegerse a su tierna edad de los múltiples juicios que desde sus figuras de referencia llegan sin cesar, y no creo tampoco, que los padres, por norma general, se den cuenta de como dichos juicios van limitando, poco a poco, el potencial y la libertad de sus hijos.

Y habiendo hecho esta introducción, ya puedo exponer sin tapujos la verdadera finalidad de este post; hablar ni más ni menos que de la famosa “autoestima” y de como ésta se construye, o mejor dicho, se destruye. Sí, habéis oído bien, queridos amigos, porque según mi forma de verlo, lo que hacemos es destruir, con nuestros juicios, la autoestima de nuestros hijos. Hace algún tiempo me enseñaron  que las personas éramos como una bombilla que lleva ya mucho tiempo funcionando y cuya superficie se ha ido cubriendo, poco a poco, de polvo e impurezas que limitan su capacidad potencial de iluminar; y me pareció ésta una forma de exponerlo de lo más acertado, ya que si observamos bien, los niños, libres de la noción de juicio, de los términos bueno o malo y libres todavía de los miedos aprendidos .... ¡son un maravilloso ejemplo de una fabulosa autoestima¡

Y para prueba, un botón. ¿Alguien se ha fijado quizá en como un niño aprende a andar? Si eso no es ejemplo de notable autoestima, desde luego que nada lo es. Me explico; un niño se fija en un modelo (los mayores), que saben hacer una cosa muy bien (andar), algo que desde luego, parece muy alejado de sus capacidades actuales, si bien parece muy divertido y útil.

 ¿Piensa quizá el niño que tal tarea no es posible para el? Pues no señores, ya que el niño, ni corto ni perezoso y sin dudarlo un momento, se lanza sin juicios a la noble tarea del aprendizaje del caminar bípedo. Pacientemente, va intentando ponerse de pie, buscando apoyos, y va, poco a poco, fortaleciendo los músculos implicados en tal disciplina. Le cuesta, pero no deja de intentarlo y se deleita comprobando que cada día avanza un poco, fijando su atención en el progreso y no en el camino que queda todavía por recorrer.  Y cuando más o menos es capaz de tenerse de pie agarrado a algo, ¿que hace el muy atrevido? Pues va y se suelta, sin pensar en las consecuencias de de dicha acción, como es el caerse y hacerse daño. Y vaya si se cae, primero a plomo, y luego con cierto control, pero no por ello el niño se asusta y deja de intentarlo. No, el caerse es un paso necesario en el aprendizaje de la habilidad, debe pensar seguramente, y siguiendo con el método de ensayo y error, sigue aprendiendo y avanzando. Pero no es tonto, no señores, y como no le gusta hacerse daño, va limitando el daño aprendiendo a caer con cierto control.Y esto ya le permite pasar, con mayor seguridad a las siguientes fases, caminando cada vez con mayor equilibrio, hasta que es capaz, incluso, de correr.

 Porque el niño, como habréis notado en esta descripción, ha determinado que en el aprendizaje de una tarea tan difícil no hay que ponerse grandes metas a largo plazo. No, es mucho mejor ir fijando pasos intermedios y centrar la atención en ellos reforzando la sensación de avance.

¿Y en todo este proceso el niño piensa “quizá no seré capaz”, o "puede que nunca lo consiga”, o “esto sólo es para los mayores”? Pues no, porque mucho me temo que todos esos límites son aprendidos a posteriori, cuando se inician en el lenguaje y aprenden estrategias defensivas que alguna recompensa les traen a corto plazo.

Pero llegados aquí, quizá sea interesante citar una sencilla definición de la autoestima, por ahora, con el prudente término de provisional. En alguna parte he visto la autoestima definida como la “valoración, positiva o negativa, que uno mismo hace acerca de sus propias capacidades”, pero quizá sea más ajustado decir que la autoestima de alguien es “la valoración, positiva o negativa, que otra persona  ha hecho de sus propias capacidades y.. !que éste se ha creido! Y un magnífico ejemplo de como se produce esto es el cuento del patito feo. Efectivamente,un “potencialmente” bello y esbelto cisne, es ridiculizado sin compasión por aves que lo juzgan desde la ignorancia de sus propias limitaciones, y se utilizan a ellos mismos como vara de medir, provocando que el pobre animalito reciba una imagen de si mismo devaluada y distorsionada. Y suerte tiene nuestro amiguito  de poder reconocer en el agua y ante los cisnes, su bella imagen y darse cuenta de que los juicios de los animales de la granja sólo hablaban de su propia fealdad, aunque en este caso, más bien de la de su alma.

Pero como esta entrada se va haciendo demasiado larga, me reservo la explicación de como todo esto se produce hasta el siguiente post.

Un abrazo

Para seguir profundizando:

Los seis pilares de la autoestima.  Nathaniel Branden. Editorial Paidós Ibérica.



viernes, 29 de marzo de 2013

Más de lo mismo.....

Un borracho está buscando con afán bajo un farol. Se acerca un policía y le pregunta qué ha perdido. El hombre responde :"Mi llave."Ahora son dos lo que buscan. Al fin, el policía le pregunta al hombre si está seguro de haber perdido la llave precisamente aquí. Éste responde:  "No, aquí no, sino allí detrás, pero allí está demasiado oscuro...."

¿Le parece a usted absurda la historieta? Si es así, busque usted también fuera de lugar. La ventaja de tal tipo de búsqueda está en que no conduce a nada, si no es a más de lo mismo, es decir, a nada.


Todo este fragmento está sacado del maravilloso libro de Paul Watzlawick "El arte de amargarse la vida" y pretende ilustrar otro de los recomendados mecanismos para tal fin, el de aplicar repetidamente la misma solución a un problema, y luego dedicarse a la queja y a maldecir la situación y a no sé que elementos que se empeñan en mantenerse inalterables ante nuestro esfuerzo e indiferentes ante nuestra amargura.

El chiste, que ya he utilizado en una de mis primeras entradas para reflejar la equivocada dirección en la que solemos buscar nuestra felicidad, nos sirve hoy para tomar conciencia de uno de los grandes errores de percepción en los que para nuestra desgracia, solemos caer. En efecto, aunque pueda parecer ridícula la actuación de nuestro borracho, quizá no parezca tan ridícula si este chiste- metáfora lo tradujese a una situación más real. Imaginemos:

Un hombre realmente preocupado por un grave problema que tiene con su (pareja, hijo, jefe, compañeros...) se lo cuenta con gran desazón a un buen amigo. Después de desahogarse a gusto quejándose de la actuación de la otra parte, y de recalcar que no es capaz de hacerla cambiar a pesar de intentarlo cada vez con mayor ahínco, al amigo se le ocurre sugerir que quizá lo que deba analizar con más cuidado es su propia actuación y que quizá deba cambiar algo de esta.

"¿Buscar en mi propia conducta? Quizá debería, pero es que es mucho más fácil hacer responsables a los demás..."

¿Exagerado, quizás? No lo creo ni un ápice. Esta es más o menos la actitud de muchos de nosotros en nuestros problemas de relaciones personales. Nuestro problema es que la naturaleza nos ha jugado una mala pasada, y ya que nos ha brindado la especial virtud de la autoconciencia, bien podría habernos situado los ojos, no delante de la cara, sino un metro por detrás por lo menos. Así es, con nuestros ojos situados delante de la cara no podemos sino ver solamente lo que tenemos delante sin ser capaces de incluirnos en la escena, y por tanto, nos excluimos a menudo de las explicaciones que le damos a nuestros problemas. 

Pero como ya han enunciado los teóricos de la física cuántica, "no existe lo observado sin el observador" y mucho me temo que no es tan fácil cargar la responsabilidad sobre los demás. Y hago notar que no utilizo la palabra culpa sino la palabra responsabilidad, cuya diferencia es, para mí, muy importante. Como ya dije en alguna otra entrada, la culpa mira al pasado, al problema, buscando un único actor causante del mismo, de forma que el resto de implicados nos sintamos aliviados de no haber sido nosotros tal actor sino otro. La responsabilidad en cambio, mira hacia el futuro, hacia  la solución, y todos los actores con capacidad de observarse entienden que si forman parte del problema, también pueden formar parte de la solución.

Así que las más de las veces, al no poder observarnos dentro de la situación, sino más bien como víctimas externas, cargamos la responsabilidad del cambio a las demás personas. Y así empieza la tragedia del "más de lo mismo". En nuestra limitada percepción del asunto no hacemos sino aplicar la misma receta continuadamente sin darnos cuenta de que esa misma receta puede ser, en buena parte, causante del problema en cuestión. En efecto, imaginemos un directivo con carácter controlador que no se fía de sus colaboradores y que prodiga efusivamente  reconocimientos negativos ( o dicho más vulgarmente, "broncas") a los mismos. En poco tiempo esta misma persona estará quejándose amargamente de la poca autonomía e iniciativa de sus colaboradores, justificando entonces un control más severo, más desconfianza y más "broncas" para que éstos reaccionen.

Pero lo que el directivo no será capaz de ver es que con su desconfianza y control, sus subalternos dejan de confiar en si mismos, dejan de tomar decisiones intentado evitar así las duras reprimendas de su jefe, y limitan su actuación a las acciones más rutinarias y seguras. De esta manera, el jefe, cada vez más sobrecargado de tareas y con más temas y personas que controlar, aumenta la frecuencia y la sonoridad de sus reprimendas, esperando el poco probable resultado de que su gente "espabile".

See full size imageEste sería un claro ejemplo de como al excluirnos de la observación del problema nos limitamos en la posibilidad de aplicar otras soluciones. Ya lo decía Einstein, "un problema nunca puede ser resuelto desde la misma mirada equivocada que lo provocó". Pero si insistimos en mantener dicha mirada fija en los otros, lo habitual  es pensar que la solución es consistente y que sólo  hay, en realidad, un problema de intensidad; o como dirían los hermanos Marx, "más madera, amigos". Así es, "más de lo mismo", como se sugería en el inicio de la actual entrada.
 Y así se completa la tragedia , y utilizo la palabra tragedia porque todo el proceso se convierte en un sistema con un bucle de refuerzo que acabará con los actores principales en actuaciones extremas. Así nos encontraremos con relaciones dolorosas entre padres e hijos; jefes estresados con colaboradores atemorizados o despedidos; matrimonios fracasados e infidelidades; y mucho me temo que incluso países en guerra. Y todo por no entender que cuando estamos en medio de un problema, en realidad, sólo movemos los hilos de una única marioneta, de ninguna más. Y como podréis imaginar, esa marioneta somos nosotros. No podemos pretender cambiar a los demás ¡Sólo podremos llegar a los demás a través de  nosotros mismos!

Y por si todavía no me hubiera explicado con suficiente claridad, arrojaré un poco más de luz con la siguiente historia:

Autobiografía en Cinco Cortos Capítulos
por Portia Nelson

I
Ando calle abajo.
   Hay un profundo agujero en la acera
   Me caigo en él.
   Estoy perdida... estoy indefensa.
   No es culpa mía,
Tardo muchísimo tiempo en encontrar una salida.

II
Ando por la misma calle
   Hay un profundo agujero en la acera
   Hago como si no lo viera.
   Me caigo de nuevo.
   No me  puedo creer que esté en el mismo sitio.
   Pero no, no es culpa mía.
Me sigue llevando muchísimo tiempo encontrar una salida.

III
Ando por la misma calle.
   Hay un profundo agujero en la acera
   Veo que está ahí.
   Aún caigo en él... es un hábito
Mis ojo están abiertos.
Sé donde estoy .
   Es culpa mía.
Salgo inmediatamente.

IV
Ando por la misma calle.
   Hay un profundo agujero en la acera.
   Lo rodeo.

V
Camino por otra calle.

Espero que el avezado lector de esta página observe lo fácil que parecen las soluciones al problema en los capítulos cuatro y cinco siempre que se haya pasado por el tres ("Mis ojos están abiertos, sé donde estoy")
Espero también que se dé cuenta de lo que le espera a alguien cuando se mantiene en los dos primeros (no es culpa mía, hago que no lo veo).

Lo dicho, una auténtica tragedia.


Para seguir profundizando:

Los siete hábitos de la gente realmente efectiva. Stephen Covey

El arte de amargarse la vida. Paul Watzlawick

La quinta disciplina. Peter Senge

Introducción al pensamiento sistémico. Joseph O´Connor