"Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino para decidir su propio camino. Y es precisamente esta libertad interior la que nadie nos puede arrebatar, la que confiere a la existencia una intención y un sentido"



Viktor Frankl,

Superviviente de los campos de concentración nazis y creador de la Logoterapia









sábado, 21 de enero de 2017

Proyecciones


Todavía recuerdo con satisfacción y orgullo mi único sobresaliente en clase de dibujo. Fue en el segundo trimestre del primer curso de instituto que dicha asignatura abandonó cualquier pretensión artística (materia en la que sufría enormemente) para centrarse en una serie de ejercicios más propios de la reflexión y el pensamiento lógico, que recuerdo con el nombre de "proyecciones".

En estos ejercicios, el profesor nos presentaba un figura geométrica de forma irregular suspendida en el espacio entre un eje tridimensional, y a nosotros nos correspondía proyectar sobre cada uno de los planos resultantes la figura bidimensional que aparecería si la observáramos desde cada una de las perspectivas (desde el frente, desde un lateral y desde arriba). Al ser una figura irregular, cada una de las tres proyecciones tomaba una forma distinta ... aunque en realidad procedieran de mirar una misma figura, sólo que desde perspectivas diferente.

Cuando dominamos ya este ejercicio, el profesor aún avanzó más proponiéndonos lo contrario; presentar las tres figuras proyectadas sobre los planos y pedirnos que construyéramos la figura tridimensional suspendida entre los mismos, lo que todavía resultaba más complicado ...

Muchos años después recuerdo estos ejercicios y empiezo a dudar de mi propia memoria, pues más bien me parecen ahora reflexiones propias de una clase de filosofía o psicología constructivista. Efectivamente, el constructivismo, que trata de explicar como construimos el conocimiento, predica que existe una realidad de primer orden que es inabarcable para nosotros por las limitaciones de tiempo y espacio a las que estamos sometidos; y también una realidad de segundo orden que es la que creamos cada uno de nosotros desde nuestra propia observación e interpretación subjetivas.

El ejercicio, desde luego, parece recordarnos el conocido refrán que reza "nada es verdad ni es mentira; todo depende del color del cristal con el que se mira", sustituyendo en este caso el color del cristal por la posición desde la que proyectamos la luz sobre el objeto tridimensional. Así es fácil sacar la conclusión de que es normal e inevitable que cada uno de nosotros se vaya formando opiniones distintas sobre cualquier asunto y que pretender tener razón o estar de acuerdo al cien por cien es algo que está condenado al fracaso. Así que más bien deberíamos abandonar nuestros habituales esfuerzos por convencer a los demás en nuestras discusiones por una nueva actitud de flexibilidad, humildad  y curiosidad, con la que poder saber más de los demás y de nosotros mismos, ya que como dice el propio aforismo constructivista, "no vemos las cosas tal y como son, sino tal como somos nosotros".

Pero la conclusión más importante la saco cuando recuerdo la segunda parte del ejercicio a la que nos sometía el profesor cuando ya nos veía preparados. En esta parte, el profesor nos presentaba las proyecciones de los tres planos para pedirnos que construyéramos nosotros la figura tridimensional. Es recordando esto que me convenzo de que la única forma de "acercarnos" a la realidad y obtener mapas más útiles es precisamente ...

...enriquecernos conociendo con más detalles el mayor número posible de perspectivas.

Cheng-Hu se encontraba perdido en un laberinto. De la cámara principal salían cincuenta caminos distintos. Le había llevado una semana explorar nueve de ellos.
-A menos que tenga surte- se dijo Cheng-Hu-, moriré antes de lograr encontrar el camino correcto. Acababa de pensar esto cuando oyó unos pasos que se acercaban y se encontró con Shintzu. No se conocían, pero Cheng creyó que Shintzu era la respuesta a sus ruegos desesperados.
-¡Qué suerte que te encuentro! -dijo Cheng llorando de alegría. Shintzu lo miró con cara de gran sorpresa.
-Estoy perdido entre tanto camino- le explico Cheng-. Tú podrás decirme cuál conduce a la salida.
-Pues me temo que no, pues yo también me encuentro perdido- contestó Shintzu.
-¡Oh, que mala suerte entonces!-se quejó el primero- Encuentro a alguien y no me sirve de nada.
-¿Por qué dices que no te sirvo de nada?-preguntó Shintzu intrigado-
-Has dicho que tú también estás perdido, ¿ no es así?-dijo Cheng como si fuera obvio su razonamiento.
- En efecto, así es. Pero me imagino que habrás recorrido algunos camino sin poder salir. Yo he recorrido por mi parte al menos doce caminos que no conducen a ninguna parte. Así que juntos, los dos sabemos mucho más de este laberinto que antes de encontrarnos, y eso, indudablemente ...

... ¡nos acerca mucho más a la salida! 

Un fuerte abrazo





domingo, 3 de enero de 2016

"El Viento y el Sol"

Un hombre decidió suministrar dosis masivas de aceite de hígado de bacalao a su perro Dobberman, porque le habían dicho que era muy bueno para los perros. De modo que cada día sujetaba entre sus rodillas la cabeza del animal, que  se resistía con todas sus fuerzas , le obligaba a abrir la boca y le vertía el aceite por el gañote.
Pero un día, el perro logró soltarse y el aceite cayó al suelo. Entonces, para asombro de su dueño, el perro volvió dócilmente a él en clara actitud de querer lamer la cuchara. Fue entonces cuando el hombre descubrió que lo que el perro rechazaba no era el aceite, sino ...

... el modo de administrárselo.

 

" Lo que se resiste, persiste; lo que se acepta, se transforma"
Aforismo budista 
 
 
 
Mucho me temo que cualquier padre se habrá reconocido en la piel de nuestro protagonista, recordando algunas de las muchas luchas que hemos tenido a brazo partido con nuestros hijos pequeños en las que nos empeñábamos que éstos comieran "todos aquellos alimentos beneficiosos" que habíamos elegido para ellos, y por supuesto, en la cantidad adecuada. Así es, sólo el que ha tenido hijos se puede imaginar cuan difícil es imponer a los mismos una dieta adecuada y lo que se puede llegar a sufrir para hacerles tomar la fruta, el puré de verduras o a saber que otros alimentos que ellos se niegan a probar siquiera siguiendo el consabido grito de guerra de "eso no me gustaaaaaa".

Sin embargo, lo que   más rabia me daba era cuando veía a mi madre, su abuelita, en la misma situación y como, utilizando mil y una técnicas de distracción (el avión, leer un cuento, ponerle caras, etc) conseguía que su nieta dejara el plato más limpio que una patena, sintiéndome yo al ver aquello como un auténtico energúmeno, incapaz de aplicar un poco de inteligencia a dicha situación.

Porque, efectivamente, las situaciones donde encontramos resistencias no suelen solucionarse (¡oh, sorpresa!) aplicando más fuerza. A menudo, cuando encontramos que el entorno u otras personas se resisten a nuestros deseos (como en el ejemplo del perro o en el de mi hija) es fácil caer en la tentación de pensar que ante la fuerza que despliega nuestro oponente bastará aplicar una fuerza mayor en sentido contrario. Tan fácil como sumar y restar. Pero no, terrible error, queridos amigos, porque en lo que no habíamos caído es en la naturaleza y origen de dicha fuerza. Porque una resistencia, como su nombre bien nos indica, es una fuerza que nace para oponerse  a otra (en este caso, nuestros intentos por imponer nuestros deseos) y por tanto crece en similar intensidad, pero en sentido contrario. Así, imponiendo más fuerza, más resistencia conseguimos. Quien tenga niños bien sabrá lo que digo, ya que cuanto más gritamos y amenazamos a nuestro retoño, más llora y más se niega éste a cumplir con nuestros deseos.

Y ejemplos de esto podemos encontrar tanto en los grupos humanos como en la propia naturaleza. De los primeros podríamos citar los intentos de firmeza de padres que lo que acaban consiguiendo son hijos más rebeldes, jefes que a base de gritos y juicios duros consiguen colaboradores más inseguros e inoperantes, o dictadores de mano dura que suelen acabar derrocados. De los segundos, podríamos citar el uso exagerado de antibióticos que da  lugar a bacterias más resistentes; una higiene exagerada, que da lugar a organismos más débiles; o una dieta hipocalórica, que produce un metabolismo más lento provocando el conocido efecto "boomerang".

Y aunque hoy no pretendo dar recetas para ninguno de estos problemas en concreto, sí me permitiré dar una receta general, y es que cuando nos encontramos una resistencia, más nos valdrá entenderla (o mejor dicho, atenderla) de forma que podamos desactivarla o incluso utilizarla, en vez de tratar de vencerla con " más de lo mismo" (ver entrada con el mismo título).

Y para ilustrar tal receta, no se me ocurre nada mejor que la siguiente parábola de León Tolstoi

El sol y el viento discutían sobre cuál de los dos era más fuerte. La discusión fue larga, porque ninguno de los dos quería ceder. Viendo que por el camino avanzaba un hombre, acordaron probar sus fuerzas desarrollándolas contra él.
-Vamos a ver- dijo el viento- quién es capaz de dejarle sin sus vestiduras.
Y comenzó a soplar y a soplar cuanto podía. Pero cuanto más esfuerzos hacía, el hombre más oprimía su capa, gruñendo contra el viento,  y continuando con su camino.
Entonces, el viento ya encolerizado, descargó lluvia y nieve, pero el hombre no se detuvo y más cerraba su capa todavía. Comprendió el viento al fin que no sería capaz de arrancarle a aquel hombre su capa.
Mientras, el Sol, que sonreía entre dos nubes, empezó a recalentar la tierra y el pobre hombre, que se regocijaba con aquel dulce calor, se quitó la capa y se la puso sobre el hombro.
-Ya ves- le dijo entonces el Sol al Viento- como con bondad se puede conseguir más que con la violencia.


Para seguir pronfundizando:

"La Quinta Disciplina". Peter Senge

"Introducción al Pensamiento Sistémico". Joseph O´Connor




sábado, 25 de abril de 2015

TAN SÓLO UNA JARRA DE VINO

Érase una vez un rey cuyo reino se llamaba Uvilandia.. Era un reino próspero, donde habitaban quince mil familias nada menos, y todas ellas, sin excepción, vivían del fruto de sus viñedos. Estos daban un vino de una excelente calidad que se exportaba a otros países, lo que proporcionaba unos buenos ingresos a los habitantes del país, y les permitía pagar los impuestos que el monarca reclamaba para hacer de Uvilandia un buen sitio para vivir.


El monarca, justo y comprensivo, pensó después de varios años de prosperidad, que podía realmente rebajar los impuestos para que los habitantes del reino pudieran disfrutar de la mayor parte de su dinero. Así, dispuso que cada familia del país tan sólo tendrían que aportan al estado un litro de su mejor vino, de manera que se juntarían en una gran garrafa quince mil litros de un vino de gran calidad, cuya venta proporcionaría los ingresos suficientes para los gastos del monarca, y de los demás servicios públicos.

La idea fue acogida con gran entusiasmo por los súbditos, contentos por la rebaja de impuestos, y alardeaban de ser, cada uno de ellos, quienes proporcionarían el mejor vino para el enorme tonel.

Pero e aquí, que llegado el gran día, y después de derramarse los quince mil litros de vino en el gran tonel,, llegó el momento de probar el vino, que se suponía de gran calidad. El rey se dispuso a saborear tan delicioso caldo, pero cuando llevó el líquido a la boca, no dio crédito a lo que estaba sintiendo Aquello no parecía vino, ni bueno, ni malo, sino que parecía simplemente agua. ¿que había pasado? se preguntó, que extraña magia era aquella?. Enseguida mandó llamar a los sabios de su consejo, y les preguntó que extraña reacción era aquella, que había convertido, al mezclarse, los más deliciosos vinos en agua, pura agua.
Pero entonces, el sabió mas anciano se adelanto de entre todos ellos y de forma serena le explicó al rey:

Ninguna extraña reacción, ni ningún maravilloso prodigio, mi señor. Sólamente nos encontramos, una vez más, ante un ejemplo de la mezquindad de las personas de este y otros reinos. Un litro tan sólo habías pedido, mi señor, de su mejor vino a sus súbiditos para pagar los impuestos, pero aunque en público daban muestras de alegría y de aprobación, en secreto aún pensaban en la manera de ahorrarse tal pago. Y entonces cada uno de tus súbidtos ha pensado, entre quince mil litros de vino, uno de agua no se notará, pero lo que esperaba  ninguno de ellos era que ...



...todos hubieran pensado lo mismo



"Sé  tú el cambio que quieres para el mundo "
Mahatma Gandhi

No creo que haya habido una sola semana en estos últimos años de terrible crisis económica que no me haya acordado de este revelador cuento que Jorge Bucay nos contaba en su espléndido "Déjame que te cuente". Y me acordaba cada vez que oía (muy a menudo, por cierto) a cualquiera de mis indignados conciudadanos maldecir a los políticos, banqueros, especuladores y todos aquellos corruptos sin escrúpulos que nos habían llevado a tal situación. Pero me acordaba porque poco antes de empezar esta época oscura de la historia española,  veía a aquellos  que maldecían a los especuladores que dominan los mercados financieros, tratando de hacerse ricos comprando pisos que vendían antes de escriturar después de dar tan sólo una señal y ganar un buen pellizco; y veía a aquellos que se quejaban de que los ricos se llevan el dinero fuera para no pagar a Hacienda, haciendo todo lo posible por no pagar el iva de las facturas del electricista que le hacía la ñapa en casa; y veía a  aquel que lincharía al político corrupto que metía la mano en la caja pirateando el wifi de su vecino o bajarse por internet las películas que aún no se han estrenado en el cine;  y también veía a muchos de los que se quejaban de como nuestros gobiernos se habían endeudado tanto que ahora tenían que hacer tantos recortes, asumiendo importantes deudas con el fin de igualar a su vecino en su tren de vida.

Y cierto será, sin duda, que todos aquellos a los que señalamos tienen su parte de culpa, pero mucho que no dejan de ser el reflejo de los valores que están presentes en muchos de los españoles de a pie, y que sin darnos cuenta, vamos transmitiendo inconscientemente a nuestros hijos. Porque estoy seguro de que si no hubieran sido esos, hubieran sido otros. Por cada uno de ellos que no estuviera, habría otros cinco deseando tener su puesto para hacer lo mismo, Y si alguien no me cree, me verá obligado a citar ese maravillosos experimento sociológico que ha sido el caso de las llamadas tarjetas black de Cajamadrid. En efecto, me puedo imaginar perfectamente el caso con el siguiente enunciado:

Investigadores de la universidad de sociología deciden reunir en el consejo de administración de una importante caja de ahorros a distintos individuos de muy distinta procedencia, nivel económico e ideas políticas. Se les da a todos ellos una tarjeta asociada a la Caja y se les dice que pueden utilizarla para todo tipo de gastos de índole personal de forma ilimitada e incontrolada. Esto además, se hace de forma continuada a todos aquellos que se van incorporando a dicho consejo de administración durante el tiempo que dura el estudio, es decir unos quince años. Pasados estos años se comprueba quien se ha negado a utilizar dicha tarjeta y quien no, ¿Y qué es lo que se demuestra? Que los de derechas la utilizan; que los de izquierdas también la utilizan; que los sindicalistas la utilizan y que los representantes de la patronal también. La utilizan tanto lo que tienen más dinero como los que  tienen menos, y por mucho que se sigan haciendo distinciones, no hay diferencias. Y si de, digamos, cincuenta personas de distintas procedencias apenas hubo uno o dos que no la utilizaron, no me puedo creer que el resto de los cuarenta millones de españoles que llevamos unos meses indignándonos con el caso hubiéramos hecho algo distinto. No señor, porque mucho me temo que  los valores en la sociedad española están muy confundidos y que mucho de nosotros, en mayor o menor medida, nos hemos dejado llevar por una situación de alegría y despilfarro en una situación económica engañosa que pensábamos no se iba a acabar nunca.

E insisto tanto en todo esto para que aprendamos de los errores, ya que como dice el famoso aforismo, quien no aprende de sus errores está condenado a repetirlos. Y sólo hay aprendizaje si asumimos como nuestra la responsabilidad de cambiar los valores que nos han llevado a esta situación. Porque, y ahí va de forma clara y concisa el tema de esta entrada, no podemos esconder, como estamos acostumbrados a hacer, nuestra responsabilidad individual detrás de un supuesto comportamiento colectivo que no controlamos, porque tal comportamiento colectivo no existe como un ente único, sino que es formado por la suma de los comportamientos individuales de cada uno de nosotros. Y cuando no comprendemos eso, nos pasa lo que a los ciudadanos de nuestro cuento, que de forma mezquina y egoísta piensan que su insignificante falta no se va notar entre tantos litros de vino que se va a derramar en la jarra. Pero con lo que no cuenta el ignorante vecino es que seguramente lo ha visto otro vecino, aún más mezquino y egoísta si cabe, que en vez de pensar en hacer verle su error o denunciarle, piensa que el vecino no puede ser más listo que él y que por tanto debe hacer lo mismo. Sí, ese creo que ha sido el comportamiento de muchísimos españoles, que después de escamotear un litro de vino, se quejan de que ha habido otros que han escamoteado dos.

Y ahora, en vez de asumir nuestra responsabilidad, nos dedicamos a quejarnos y a exigir cambios a los demás pensando que eso no va con nosotros, que son los políticos los que tienen que cambiar esto.
Pues yo digo bien alto al que me quiera escuchar que si queremos cambiar las cosas no es cuestión de votar a partidos políticos con nombres distintos a los tradicionales, porque el poder atraerá a los corruptos como miel a las moscas, sino de empezar a comportarnos de una manera más ética, generosa y participativa y de ser un ejemplo de valores para nuestros hijos para que éstos no sea en el futuro como esos políticos de los que ahora tanto nos quejamos. Y bien sé que muchos de vosotros se estará preguntando: "Ya, ¿pero no será una pérdida de tiempo que yo cambie si los demás no están dispuestos a cambiar?". Pues yo os contestaré, como es de recibo, con una última historia...


Érase en un lugar muy lejano que vivía un hombre muy sabio. Todos los días, al despuntar el sol, salía a pasear por la orilla del mar.
Aquel día pasó algo que consiguió llamarle poderosamente la atención. Había una bellísima y frágil muchacha que iba andando por la arena, de vez en cuando observó que la niña se agachaba a coger algo de la arena, y que inmediatamente lo devolvía a la mar. Intrigado viendo esta escena repetirse día tras día, decidió acercarse y ver qué era lo que con tanto afán aquella niña lanzaba al mar todas las mañanas hacía ya tanto tiempo.
Conforme se aproximaba a la muchacha, comprobaba como verdaderamente era de una belleza tan extraordinaria que más bien parecía un ángel. Observó con asombro que lo que la niña devolvía eran estrellas de mar que las olas habían arrastrado a la orilla.
-¿Por qué devuelves al mar las estrellas que arrastran las olas?
La niña respondió con una voz tan dulce y tan bella como jamás había escuchado:
-Es que si no las devuelvo pronto, cuando el sol esté más alto, con su calor las secará y morirán.
-¿Pero no ves la inutilidad de lo que haces? En estas orillas la mar arrastra miles de estrellas, y tú empleas tu tiempo en algo tan absurdo… Nunca podrás salvar salvo a unas pocas y no supondrá diferencia alguna
La niña miró al sabio con sus ojos de color violeta, sostuvo unos momentos su mirada y con una leve expresión de extrañeza y volviendo a su tarea, cogió una nueva estrella y la lanzó con fuerza al mar diciendo:
-Para ésta,...

... sí supondrá una gran diferencia.

Si me permitís, amigos, os diré que sé que con esta entrada no cambiaré el mundo ni a la sociedad española, pero quizá para algunos de vosotros, pueda suponer una gran diferencia.

Un fuerte abrazo








viernes, 17 de octubre de 2014

Soy un acorazado. Cambie su rumbo.

Dos acorazados asignados a la escuadra de entrenamiento habían estado de maniobras en el mar con tempestad durante varios días. Yo servía en el buque insignia y estaba de guardia en el puente cuando caía la noche. La visibilidad era pobre; había niebla, de modo que el capitán permanecía sobre el punte supervisando todas las actividades.
Poco después de que oscureciera, el vigía que estaba en el extremo del puente informó: "Luz a estribor".
"¿Rumbo directo o se desvía hacia popa?", gritó el capitán.
El vigía respondió "Directo, capitan", lo que significaba que nuestro propio curso nos estaba conduciendo a una colisión con aquel buque.
El capitán llamó al encargado de hacer señales . "Envíe este mensaje: estamos a punto de chocar; aconsejamos cambiar 20 grados su rumbo".
Al poco llegó una señal de respuesta; "Aconsejamos que ustedes cambien 20 grados su rumbo".
El capitán, contrariado, dijo: "Contéstele, soy capitán, cambie su rumbo 20 grados ahora mismo".
"Soy marinero de segunda clase-nos respondieron-. Mejor cambie su rumbo 20 grados."
El capitán ya estaba hecho una furia, así que espetó: "Conteste: Soy un acorazado. Cambie inmediatamente su rumbo 20 grados si no quiere ser envestido por nosotros.
Al poco, la linterna del interlocutor envió su último mensaje ...

"Yo .... soy un faro",



"Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo"

Leon Tolstoi

Ya os podéis imaginar, queridos amigos cual fue la siguiente acción del capitán; sin duda, mandar girar el rumbo 20 grados, ¡y sin perder ni un segundo!


¿Y que tiene que ver el chiste de hoy con los temas que nos suele acercar este blog? Pues mucho, sin duda, ya que me va a servir para explicar, tal y como yo lo veo,  un concepto que bien entendido bien puede transformar nuestras vidas. Me estoy refiriendo al no siempre bien comprendido término de la aceptación, y digo no siempre bien comprendido porque suele confundirse con el menos beneficioso de la resignación.

Pero vamos por partes. El chiste del principio,habla , aunque no lo parezca, de la aceptación y de su contraria, el rechazo o resistencia a lo que estamos viviendo, y la diferencia queda bien recogida en la cita de León Tolstoi. ¿Que hacemos cuando algo nos desagrada y enfurece? Pues tratar de que cambie, que para eso yo soy el capitán de mi propia vida, y como para mí no hay nada más importante, pues bien puedo creerme un acorazado al paso del cual todo lo demás tendrá que apartarse. Pero mucho temo que en nuestras vidas nos encontraremos con infinidad de faros, que no se inmutarán ante nuestra presencia y mucho menos tienen intención o posibilidad de apartarse.

Así que si rechazamos la realidad que no nos gusta , enfadándonos con ella y empeñados en embestirla, las consecuencias suelen ser muy parecidas a las del choque del acorazado con un faro. Pero si por el contrario, nos damos cuenta de que tan sólo controlamos nuestro rumbo, bien podemos corregir el rumbo encontrando otros caminos mas seguros y provechosos.

Así, cobra perfecto sentido un precioso aforismo budista que dice: " Lo que se resiste, persiste; lo que se acepta, se transforma", y por si todavía no ha quedado suficientemente claro, lo explicaré más detenidamente:

"Lo que se resiste, persiste". Cuando algo nos enoja o enfurece, se produce toda una reacción en nuestro cuerpo que nos predispone a la lucha. La fisiología del mismo cambia, de manera que se acelera el pulso, sube la tensión sanguínea en nuestros músculos y, sobre todo, nuestra atención se estrecha, concentrándonos únicamente en el objeto de rechazo. Y esta reacción primitiva a la que estamos predispuestos, que  nos lleva a "atacar" de forma directa e instintiva, puede ser muy útil ante un peligro físico, real y cercano, pero ante situaciones más complejas, no nos permite estudiar con calma el problema y no nos deja ver que otros recursos, direcciones o estrategias podemos poner en marcha; y lo que es peor, no nos paramos a pensar en las graves consecuencias que a veces puede producir tal ataque directo. En el peor de los casos, aún podemos alimentar más el problema, ya que al otro extremo del mismo es probable que haya alguien o algo intentando mantener el status quo.

"Lo que se acepta, se transforma". Sin embargo, cuando vemos el problema desde la serenidad y la calma, con una fisiología relajada, nos permitimos el tiempo necesario para estudiar el problema y sus causas, y nuestra atención se abre, permitiéndonos explorar todos los recursos a nuestro alcance y todos los caminos de acción posibles. Así, modificando de manera adecuada e inteligente nuestro rumbo, podemos rodear de manera efectiva los "faros inamovibles" de nuestra vida, y llegar a buen puerto.

Es decir, que cuando "aceptamos" un aspecto de la realidad que nos disgusta, aceptamos ese aspecto, sí, pero no sus consecuencias.  Y en esto se diferencia la aceptación de la resignación, ya que la primera se centra de forma muy activa en lo que sí podemos hacer al respecto, mientras que en la segunda nos quedamos pasivos considerando inamovibles tanto el hecho como sus consecuencias. En el chiste del faro, por ejemplo, resignarse supondría saber que se va a chocar con el faro y creer que no se puede hacer nada al respecto. ¡Pero que el faro no se vaya a mover no quiere decir que no lo podamos hacer nosotros !

Así que espero, después de esta disertación, que no sigáis empeñados en embestir faros, y seáis más bien flexibles a la hora de cambiar vuestro rumbo cuando así sea necesario. Pero como sé de la dificultad de tal misión, no me despediré sin antes recomendaros que os encomendéis a Dios, como hacía el propio Reinhold  Niebuhr cuando decía:" Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que sí puedo, y  (sobre todo, añado yo), ... sabiduría para distinguir entre ambas.



Cuentan que una madre llorosa se acercó a Buda con su hijo muerto en brazos. “¡Por favor, iluminado, ayúdame!” le dijo con el rostro cubierto de lágrimas. “¿Qué puedo hacer por ti?” preguntó Buda extendiéndole la mano. “Cura a mi hijo, no puedo vivir sin él. Tú eres un hombre de grandes poderes, devuélvele la vida”.
Buda esbozó una sonrisa compasiva y le dijo “con gusto haré lo que me pides y sólo te pediré algo a cambio: debes traerme tres semillas de mostaza que obtengas de un hogar al que jamás haya visitado la muerte”. La madre se alegró, y con el niño sin vida aún en brazos, corrió rumbo a la aldea para cumplir su parte.
budda
En la primera puerta que tocó una mujer se ofreció a entregarle las semillas. “Seguramente que en esta casa nadie ha muerto” dijo la madre. “Los que vivimos bajo este techo somos pocos, comparado con todos los que murieron aquí” dijo la mujer, así que la madre debió rechazar las semillas. En la segunda puerta se enteró que hacía un año el hermano del dueño había muerto a causa de un accidente. Lo mismo le sucedió el resto del día: si no había sido un hermano, era un hijo o algún otro familiar el que había fallecido en el pasado.
Al atardecer volvió al bosque, aún con el niño sin vida en sus brazos. “Así que no hay cura para la muerte, después de todo” pensó y enseguida dejó al pequeño sobre una cama de flores. Luego regresó al lugar donde se encontraba Buda y le dijo con resignación “es imposible, no existe el hogar que jamás haya conocido la visita de la muerte”.

"Así es, mujer", le respondió El Buda. "Como habrás comprobado, la muerte forma parte de la vida, y mucho me temo que ya nada te devolverá a tu hijo. Comprendo tu dolor, pero si te rebelas contra ello, perderás el resto de tu vida lamentándote y maldiciendo tu suerte. Pero si lo aceptas y vienes conmigo, quizá puedas honrar su memoria sirviendo a aquellos que más lo necesiten." Y así fue como la mujer se convirtió en su discípula y su vida volvió a cobrar sentido.